4 abril, 2025

EL DÍA QUE LAS PAPAYERAS LLORARON

Por Matthew Junco Fontalvo

Aquel lunes 5 de abril del 2021, en plena tercera ola del COVID-19, los tomasinos regresaban a aquella normalidad a la que la pandemia los había confinado, después de ver reducidas las tradiciones de la Semana Santa en el pueblo a no más que memorias. En este contexto, el coronavirus se cobra la vida de Pedro Fontalvo Ojeda, maestro de profesión y defensor cultural de las tradiciones carnavalescas en el departamento del Atlántico, y cuyo legado se mantiene presente en sus familiares y amigos; miles de anécdotas y recuerdos que a cuatro años de su penosa partida, más que doler, alegran.

“Pello”, como lo conocía su círculo cercano, se supo ganar un espacio en el corazón de quien lo llegó a tratar. Su labor como docente durante cuatro décadas lo llevó a codearse con prominentes figuras en el campo de la educación, la política y la cultura, como no podía ser de otra manera, dado su carácter siempre servicial, alegre e intelectual. Si se le solicitare al autor de esta crónica describir a “Pello” con una sola palabra, yo respondería “amor”: amor por su familia, amor por su pueblo, amor por su gente, amor por su trabajo, amor por su cultura.

Ya desde sus años de juventud, “Pello” había descubierto la vocación por enseñar. Más que un trabajo para ganarse la vida, él entendió y abrazó el impacto de su labor en la vida de los incontables alumnos que pasaron por sus pupitres. Existen miles de historias de “Pello” ayudando a estudiantes del Instituto Técnico Nacional de Comercio, los cuales, por diversos motivos, no consideraban el estudio como una opción para prosperar, y ahí estaba el Profe “Pello” con una sonrisa y una empanada de la cafetería, que en muchos casos era un elixir ante el cansancio y el hambre, alentando al alumnado a continuar recorriendo el camino hacia sus sueños. Muchos de estos estudiantes, aún décadas después de haberse graduado, y habiendo alcanzado el profesionalismo, todavía recordaban con aprecio al Profe, y muchas veces se ponían a su disposición cuando él los necesitaba, no por ninguna otra razón más allá de la forma más pura del agradecimiento.

Este 5 de abril, se cumplen cuatro años del fallecimiento de Pello, un fallecimiento que, más allá de la tristeza propia del cese de la existencia física, todavía causa una que otra sonrisa. No es una sonrisa de alegría propiamente dicha, es una sonrisa que rememora el sentido del humor que Pello tenía cuando él mismo decía entre risas: “A mí me da igual que me entierren el mismo día que me muera. Es más, por mí, que me entierren en una bolsa de plástico”, y tal como si se tratase de una obra de García Márquez, la pandemia y el caos que causó esta, pareciese que “Pello” hubiese notarizado esta “última voluntad” porque así tal cual aconteció: al morir a la medianoche, tuvo que ser enterrado cuanto antes por tratarse de una muerte por causas relacionadas con el coronavirus. Por este mismo motivo, tuvo también que envolverse el ataúd en plástico como una medida de prevención ante futuros contagios.

Una camioneta trasladó su cadáver desde Barranquilla hasta su adorado Santo Tomás, donde los conductores fúnebres, contrariando el protocolo, dieron un pequeño paseo por el pueblo. Había motos, carros, y en los picós y parlantes de las casas sonaban la canción “Mi Pueblo Natal” del Grupo Niche, canción que “Pello” siempre solicitaba al llegar al municipio buscando descanso de las obligaciones propias de la vida diaria. Aquellos que, por el confinamiento, no pudieron asistir, se conectaban a las transmisiones en vivo, y comentaban su aflicción y sus anécdotas con “Pello”. No parecía un sepelio en medio de una pandemia, sino un homenaje que le hacía un municipio dolido a uno de sus hijos ilustres. Cuanto la caravana alcanzó la Casa de la Cultura Municipal, una papayera se unió al cortejo. Ese día, las papayeras lloraron.

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